El día en que Uruguay enfrentó a Arabia Saudita en Miami por el mundial de 2026, el cielo amaneció de un color celeste profundo, con un sol abrasador y algunas nubes blancas. Los hinchas fueron llegando al estadio, que se vestía de los colores de Uruguay: celeste, blanco, algo de amarillo y negro. Llegó también algún ecuatoriano que venía a olvidar el desasosiego de la tarde anterior, algún brasileño casado con uruguaya y, por ahí, alguna mexicana con el corazón en dos patrias. También llegaban, de a poco, los árabes, de camisetas verdes o blancas, que siempre fueron menos pero traían su propia barra brava: una mancha de verde que en un rincón de la tribuna saltó, cantó y alentó desde el primer minuto. Mientras los jugadores hacían sus ejercicios de calentamiento, desde los parlantes del estadio pusieron una alegre canción árabe seguida por un sombrío canto uruguayo que remataba: «¡Ay, Celeste, regalame un sol». Cuando sonaron los himnos, el uruguayo hizo temblar el estadio: unas 45 mil voces lo entonaron al unísono y sin pudor.
Durante el partido, los hinchas gritaban, saltaban, reclamaban, aplaudían, se agarraban la cabeza, rezaban. En la cancha, el seleccionado uruguayo controlaba las acciones pero no generaba inquietudes en el fondo saudí. Por su parte, al combinado árabe le bastó con ejercer cinco minutos de presión para poner la pelota a descansar en las redes. En el entretiempo las nubes cubrían el estadio y se ponían grises. Unos hinchas comentaban: «es que esto es el Urugay de Bielsa» o «ya sabíamos que veníamos a sufrir». Otros reían en árabe y danzaban levantando las manos al aire. Cuando arrancó el segundo tiempo los charrúas sacaron a relucir su garra y fueron presionando y presionando hasta arrinconar a los beduinos. La mancha verde dejó de saltar y quedó muda. Faltando poco más de diez minutos para llegar al término del tiempo reglamentario, las oleadas celestes pudieron más que el dique verde y Maxi Araújo logró reventar las redes, haciendo así reventar el estadio, cuyos cimientos cimbraban bajo el peso de tanta algarabía. Todo el alargue fue un solo vendaval oriental. No había un alma sentada en el estadio. Un tiro de esquina celeste tras otro daban a entender que se venía el segundo gol. Un árabe hecho un manojo de nervios optó por darle la espalda a la cancha y agarrarse la cabeza. El confuso pitazo final de parte de un árbitro que dejó pegar liberalmente puso fin al partido. El uno a uno quedaba así inscrito en los anales de los mundiales.
Los concurrentes se fueron retirando del estadio ordenada y cordialmente. Habría que esperar unos días más para la anhelada victoria. Unos saudíes se sacaban fotos con unos uruguayos. Todos se alejaban sin prisa del lugar. El bullicio se convertía en murmullos. Las luces del estadio iluminaban la noche como un faro ilumina la costa.
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